EVOLUTION
Ana volvió tarde del trabajo. Era su última noche antes de tomar las vacaciones concedidas por el embarazo, que ya estaba a término.
Entró por la sala, dejó sobre el sofá los múltiples papeles y documentos que el jefe le había entregado para ese “periodo especial”, aduciendo que “la actividad intelectual estimula al bebé”. Luego se dirigió a su habitación.
En la tarde, Mateo, su marido, llegó. Ella lo oyó entrar, cerrar la puerta tras de sí, luchar un momento con el “palacio de las llaves”, como él lo llamaba, y caminar unos pasos vacilantes entre ir primero a la cocina o al dormitorio a saludarla.
Hubo besos, una breve pero intensa conversación. Las luces se apagaron y la noche llegó para Ana y Mateo.
Ana soñó en agua de colores, en relámpagos azulados, en fuego, en viento.
La primera semana en casa tuvo que arreglárselas sola, acompañada de sus propios dolores. En las tardes, Mateo llegaba cansado. Así transcurrió su rutina al borde del día prometido, esperando.
La semana fue normal, incluso con el aliento de ser una semana divertida. Pero el último día todo cambió sorpresivamente.
La tarde del viernes Mateo llegó excitado, con un recorte de periódico en la mano. Vehemente, llevó a su esposa al comedor y le mostró lo que había encontrado.
Era un extracto de un artículo de una investigación criptozoológica que hablaba del descubrimiento, en algún lugar del país, de una especie de pájaros nunca antes vista. Lo extraño del caso era que aquella criatura parecía haber evolucionado directamente de un ser tan inesperado como una mosca.
La comunidad científica estaba asombrada: algo estaba mal en todo aquello.
Ana se turbó ligeramente, luego intentó volver a lo suyo, pero Mateo ya no podía pensar en otra cosa.
Al otro día lo tenía todo listo: una excursión en pos del misterioso pájaro negro.
Estaba dispuesto a todo con tal de verlo con sus propios ojos.
En vano fueron los “Estoy embarazada”, “¿Cómo se te ocurre?”, “Estás loco”.
Al morir la tarde, el matrimonio salió de casa en automóvil rumbo a lo desconocido.
Tras algunas horas de un viaje lleno de incomodidades para ella, y de ansiedad para él, llegaron al sitio mencionado en la prensa. Mateo descendió solo del vehículo y, armado con una red atrapa mariposas y un bate, se internó en la profundidad del húmedo manglar.
La espera fue un tormento. Empezaba a oscurecer cuando Mateo regresó, radiante, llevando en su brazo un bulto que se agitaba repulsivamente. Entró rápidamente al carro y quiso mostrarle a su esposa el bicharraco que había capturado, cosa que Ana impidió con rabia.
Pusieron el bulto en la parte de atrás y emprendieron el regreso a casa inmediatamente.
Durante el viaje, el bulto siguió moviéndose en el asiento trasero, como si respirara. Ana, entre el cansancio y los dolores, empezó a sentir que cada estremecimiento de aquella bolsa era un eco dentro de su propio vientre.
Mateo hablaba sin parar de mutaciones, de ciclos truncos de la evolución, de la posibilidad de que el mundo estuviera comenzando de nuevo, desde el error.
Cuando llegaron a casa, la lluvia empezó a caer con violencia.
Ana se quedó en la puerta, sin fuerzas. Mateo entró corriendo con su trofeo, dejó el bulto sobre la mesa y empezó a desenvolverlo.
El ruido fue mínimo: un crujido húmedo, un aleteo seco. Ana alcanzó a ver un destello negro, una forma que no era del todo pájaro ni del todo insecto, algo que parecía aprender a ser ambas cosas.
Mateo lo observó fascinado.
Ella sintió un dolor agudo, como un golpe en el vientre. Cayó de rodillas.
El aire olía a hierro.
Cuando por fin logró levantar la vista, el animal ya no estaba sobre la mesa.
Solo Mateo seguía allí, inmóvil, con los ojos abiertos, respirando despacio.
En su pecho, algo se movía, golpeando por dentro.
Ana comprendió, tarde, que la evolución había elegido un camino distinto esta vez.
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